21 jun. 2010

Siete.

Siete.
Nací en el séptimo mes.
Mucha gente tiene al siete como número de la suerte por razones de numerología.
Dios creó el mundo en seis días y descansó uno, pero antes santificó el séptimo día.
Dios le pidió a Noé que tomara parejas de siete especies.
Noé navegó seis meses sin rumbo y en el séptimo paró en tierra firme.

Hoy hace siete años decidí firmar un contrato social del que ni Jean-Jacques Rousseau pudo describir bien, en realidad no se sabe a qué sabe el pulque hasta que te emborracha.
Cuatro años fueron muy buenos, el quinto fue nefasto, el sexto aun es cono una neblina que pasa por mi mente, borrosa, este años pasará a ser parte de mi historia como pasaron todos los demás, pero en esta ocasión será diferente. ¿Por qué?
Pues porque he crecido, no de estatura, mi 1.54 aun va conmigo a todas partes, tampoco de talla, ya que poco a poco cada vez tengo la necesidad de buscar tallas que se ajusten mejor a mi nuevo cuerpo, que si bien no me desagrada, no termino aun de reconocerlo en su totalidad.
El crecimiento que presento es de espíritu, de conciencia, de paz y de paciencia, siendo esta última la que más de reconforta.
Me doy cuenta que en esta vida el sufrimiento es la sal que complementa la sazón del camino andado. El que no cae no sabe levantarse.
Veo ahora que el dolor que sentí hace un poco mas de 730 ayeres fue por que el ser que amo falló en algo en lo que yo había fallado ya. Le pedí entrega total, cuando yo no la tuve.
Olvidé la regla básica.
Todo se paga. El está pagando o ya pagó su error, yo pague mi ingenuidad de no reconocer a las amigas y la imprudencia de abrir la boca para decir cosas que solo deben saber tu conciencia y tú.
Aun me pregunta si me acuerdo, contesto que no, que busqué un lugar donde poner los recuerdos, un lugar donde no pueden hacerme daño.
Miento.
La mente me traiciona a menudo, sobretodo en el territorio onírico, en el cual no puedo defenderme.
Vaga el recuerdo como fantasma por mi mente, y a veces se hace notar al grado tal que hasta puedo percibir el olor del vainilla late alto que descansaba en frente de nosotras aquella mañana.
Recuerdo cada palabra, cada gesto, aun así insisto en olvidarlo con el pretexto de evitar que me haga daño, la verdad es que es por pena que lo olvido.
El y yo hemos sido excelentes socios, el desarrollo que la empresa social que formamos ha tenido ha sido muy bueno, mejor del que lo que los socios individualmente pueden hacer.
Y como no, tenemos una socia mayoritaria a la que tenemos que rendirle cuenta las 24hrs.
Y por ella, todo.
Después de todo esto que escribí, y que es una muestra más de que el escribir es mi terapia, solo me queda decir las siguientes palabras:

Te amo.
Feliz aniversario.


AR